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territorio del estrellato del rock: un cantante con
algo que contar y afortunadamente masivo. Testifico que responde con franqueza
y desgarro, que se cubre lo mínimo para no dañar una imagen vendible.
La conversación podría ser interminable. Pero a estas alturas espero haberla
reducido a su punto justo. Su último y triunfante disco no es el protagonista
de ella sino alguien muy complejo llamado Joaquín Sabina.
Sabemos
que tu padre era inspector de policía y tu único hermano también. Pero jamás
has hablado de tu madre.
Si,
es una historia bastante estrambótica que no he contado nunca y que alguna vez
lo haré en una canción. Mi madre había llegado a esa difícil edad en la que
las mujeres se quedan sin casar. Mi padre volvía de la guerra dispuesto a
encontrar una mujer que fuera la reina de su hogar. En las fotos antiguas y
amarillentas aún se les puede ver paseando por Huelva convertidos ya en marido
y mujer. Mi padre era un seminarista que no conocía hembra en sentido bíblico.
El cayó en zona roja durante la guerra; sacaron al seminarista y se lo llevaron
al frente. Naturalmente lo primero que hizo fue pasarse al lado de Franco.
¿Qué sucedió? Estaba solo, aislado, no conocía a nadie, pero tenía un amigo
requeté con una hermana solterona. Entonces había una institución que se
llamaba Madrinas de guerra y que
consistía en que al pobre soldado que volvía del seminario, las señoritas
solteras y falangistas le mandaban paquetes con chorizos y cartas.
El
amigo de mi padre murió y él, que ya había visto en la guerra demasiada
sangre y barbarie como para querer cantar misa, se fue a Huelva a ver a esa
benefactora y mi madre se agarró a un clavo ardiendo (y no es una metáfora
sexual). Era su última oportunidad. Nunca supe la verdadera edad de mi madre,
pero sé que era mayor que él y una señorita de clases altas imposibles, es
decir, su padre había sido diputado y esas cosas. Ella era muy inculta, porque
en esa época ni les ponían un piano a las señoritas, simplemente las casaban.
Lo hizo con mi padre y toda su vida tuvo el complejo de que no poseía lo que
merecía. Sin embargo mi padre, a pesar de ser policía, era un tipo culto,
noble y espléndido. Y mi madre una señorita burguesa con pocas luces y sin
posibles.
El
niño o el adolescente Sabina, ¿empieza a cantar en la escolanía, quiere ser
tuno o siente ya aquello que afirmó Serrat de que él empezó a cantar
exclusivamente para tocarle el culo a las chicas, porque facilitaba el camino?.
El
niño Sabina hubiera hecho no ya cantar, sino cualquier otra cosa para tocar el
culo a las tías. Yo tenía un hermano, éramos Caín y Abel. Yo preferí ser
Caín, pero todavía no hemos averiguado quién de los dos era Caín y quién
Abel.
¿Sigues
sin saberlo a los 50 años: el cantante triunfador e instalado con aire canalla?
Esto
puede llevar a un malentendido; a lo que llamas triunfador se le prodrían poner
muchos peros. Yo era una oveja negra pero mis padres me adoraban. Los padres y
las madres tienen amores irracionales. Imagino que mi hermano tenía más
derecho a ser más querido que yo, que me había largado a Londres y no había
escrito una sola carta a la familia. Soy el hijo pródigo que deja el plato de
lentejas, sale a tomar un café y no le vuelven a ver. Mi madre se pone de luto
y no perdona a alguna gente que no fue a darle el pésame. Ya han muerto ambos,
pero yo soy uno de esos –y lo digo sin el menor orgullo- que han matado a
disgustos a sus padres. Aunque al cabo de unos años, ellos, para los que
Londres era el planeta Urano, se atrevieron a venir para intentar ver al hijo
pródigo.
¿Te
interesó antes el flamenco o la canción protesta?
Me
voy de Úbeda a estudiar a la Universidad de Granada a los 17 años, y no
descubro el flamenco hasta los 18. Úbeda, un lugar hermosísimo, no es la cuna
del flamenco, ya que es un pueblo entre andaluz y manchego. El flamenco, yo lo
descubro –como tantos universitarios españoles de la época- con Menese y
Morente, porque eran unos flamencos rojos a los que llevaban a cantar a la
Universidad gente como Quiñónez y Moreno Galván.
¿Fuiste
pecero en aquella época?. No te imagino siguiendo consignas ni frases hechas.
Era
un poco como la vida pública de Jesucristo, salvando las distancias. Ya sé que
al hablar de política es inevitable que aparezca la palabra “utilización”,
pero el PCE era el único sitio en el que podías estar y donde había que estar
si estabas contra Franco. Pero muchos de nosotros nunca fuimos comunistas.
Cuando me preguntabas si había sido de la tuna, te puedo contar algo divertido.
Primero, veo una manifestación que me emociona, me apunto a ella y resulta que
eran falangistas que pedían “Gibraltar español”. Segundo, me hago de la
tuna. Eso duró tres meses. A partir de ahí, vomitaba con tales cosas. Descubro
que la gente más brillante y de la que yo creía que podía aprender algo era
comunista.
¿Sigues
manteniendo contacto con toda esa gente iniciática, con los amigos de entonces?
Depende
de lo que llamemos amigos. De mi pandillita de Úbeda, hay dos o tres a los que
veo con mucho cariño. De la pandilla de Granada, a casi todos, excepto al
mejor, que eligió para suicidarse la Nochebuena. Se llamaba Pablo del Águila y
yo no sería cantante ni hubiera escrito una palabra de poesía si no le hubiera
conocido. Era un tipo guapísimo, homosexual, apabullante, que me descubrió a
César Vallejo y me regaló los poemas de Neruda. En fin, todo. Yo llegué
siendo un niño, él tenía dos o tres años más que yo y era el que brillaba
en los pasillos de la facultad con su enorme y roja bufanda, el que hablaba en
las asambleas, todo el mundo le quería. Yo era un paleto de pueblo recién
llegado, y él me bendijo, me eligió como amigo. Fue maravilloso. Dos años
después se suicidó, dejando un libro de poemas hermosísimo.
Pero
un día te largas a Inglaterra, imagino que por razones políticas; que sales
por patas.
Yo
tenía una novia inglesa, con la primera y más gloriosa minifalda que se vio
jamás en Granada, que estaba haciendo una tesis. Aproveché un regreso suyo
para largarme a Londres con ella y vivir allí siete años. Me fui literalmente,
con un duro. Tú sabes que las decisiones más fuertes de la vida se toman en un
segundo, no se meditan. Habíamos puesto un cóctel molotov en el Banco de
Bilbao porque era el proceso de Burgos. La policía lo sabía y del “comando”
que formábamos algunos se escaquearon y a otros los trincaron y les cayeron
meses de cárcel. Yo estaba escondido y me tocaba irme a los diez días a la
mili, pero tal y como estaba la situación había
que largarse. (Quiero hacer un homenaje a un personaje excepcional,
Mariano Zugasti, al que jamás he vuelto a ver, que nunca me ha llamado para
tomarnos un jumilla o recordar lo que hizo por mí. Te cuento. Yo no tenía
pasaporte, entre otras cosas, porque no tenía ninguna posibilidad de salir al
extranjero. Para mí, Londres era como el espacio sideral. Bueno, pues conozco
una noche a ese tipo durante ocho horas y el tío me da su pasaporte, sin
conocerle, con el peligro que aquello implicaba, a cambio de nada. Sólo tuve
que cambiar la foto, aunque después en Londres, me hice experto en este tipo de
falsificaciones. Cada vez que necesito creer en el género humano, pienso en el
acto de Mariano Zugasti. Seguramente, él
era un inconsciente. Y por eso yo quiero pasar toda mi vida con inconscientes,
que hacen cosas tan solidarias como impresionantes. Poco después me enteré, a
través de los periódicos, de que un tal Mariano Zugasti habia aparecido en
Londres pidiendo refugio político. Leslie, que estaba bien relacionada, me
consiguió asilo político y recuperé mi verdadera identidad en Inglaterra).
Supongo
que en Londres vivirías de ella, que sería como trasladarte a otro planeta,
teniendo en cuenta la época.
Si,
así fue. Leslie, que era un pedazo de tía con la que todo dios se hacía
pajas, era bastante hippy y tenía un padre progresista, surafricano, profesor
universitario, que acogía a negros en su casa y también a mí. Pero los negros
no se tiraban a su hija, por lo que a mí me trataba con un desprecio infinito.
Hacía la comida para los negros, pero no para mí. Para él, yo era un beduino
del sur del Magreb. Siempre me ha gustado acostarme tarde; me pasaba la noche
echando polvos y leyendo, y el gran hijo de puta me despertaba a cacerolazos a
las nueve de la mañana.
Antes
de todo esto, Leslie me dijo: “La única forma de que te respete es que te
enfrentes con él y pelees”. Y así lo hice. Pero seguía puteándome. A mi me
interesaba la música clásica y en una ocasión, en que íbamos a escuchar un
concierto de Brahms, el padre le dijo a Leslie: “¡ Pero como vas a llevar a
este hombre a escuchar a Brahms si es absolutamente imposible que lo entienda”.
Era muy duro no hablar una palabra de inglés al coger el metro ni poder
comunicarte con ningún nativo ni
tener dinero. Dependía de una mujer de una forma atroz, como siempre han
dependido las mujeres de los hombres; per ello, aplaudo
la lucha de la independencia de las mujeres, aunque también entiendo a
los hombres que se sienten humillados por ellas.
Como
tantos exiliados, ¿te dedicabas a la
lucha política o tan sólo a buscarte la vida?
Trataba
de mimetizarme con el ambiente. Allí llovía continuamente y hacía bruma.
Todavía recuerdo alucinado el concierto que vi de los Rolling Stone cuando
murió Brian Jones y el aire e libertad que se respiraba. En un viaje a
Edimburgo, donde Leslie tenía una casa, yo, al que aún se le notaba la boina
del pueblo, entro en ela casa y veo a un tío y una tía en pelotas tomando
champaña, que nos saludan con absoluta naturalidad. Me costó la hostia hacerme
el moderno, aunque pretendía disimular. Me “jipiaron” en un cursillo
acelerado. Me daba cuenta de que en
España vivíamos en el paleolítico. Pero esta vida también la compaginaba con
el contacto con los exiliados españoles.
¿Eras
muy maniqueo, muy panfletario?
Recuerdo
que se me saltaban las lágrimas en las primeras manifestaciones que hacíamos
los exiliados en Londres. Había varios sectores: los republicanos exiliados,
los jóvenes estudiantes que habían tenido que largarse como yo y también los
que venían a ver películas prohibidas. Teníamos un club que se llamaba
Antonio Machado, el grupo de teatro Juan Panadero (en honor a Alberti) y un cine
club que yo dirigía. Yo tenía un problema, y es que los comunistas me
consideraban demasiado anarquista y los anarquistas demasiados comunista. Si me
hubiera quedado aquí estoy seguro de que habría sido un gran panfletario,
porque las circunstancias lo imponían. Pero la experiencia vital que tuve del
mundo en Londres y el contacto con el rock me ampliaron bastante la cabeza.
Tus
gustos musicales son muy eclécticos. Se te nota tocado por el rock anglosajón,
pero también por los cantautores franceses. ¿Acierto con esta mezcla?
Si,
lo primero que yo escucho en serio en Granada es a Yupanqui y a Brassens, que
estaba muy de moda entre la intelectualidad más exquisita.
Pero yo no sabía una palabra de francés. Un profesor de Literatura me
pasó un libro con las canciones en francés y lo traduje rudimentariamente
palabra por palabra encontrándolo fascinante. En Londres prescindo de él, y le
reencuentro a mi vuelta a España y gracias a mi amistad con Javier Krahe. En
cuanto a la música anglosajona, recuerdo que una vez apareció Leslie, que
venía de Londres y me descubre los porros y a Bob Dylan, con el disco John
Wesley Harding. No entendía una palabra de inglés, pero sabía en lo más
profundo que Dylan me estaba hablando a mí. En cuanto a los porros, fue tan
divertido cmo terrorífico: cierro las puertas, bajo las persianas y me lo fumo
completamente acojonado. Como comprenderás cuatro días más tarde, mis amigos
estaban allí a introducirse en lo prohibido, a reirnos, a que la realidad se
transformara.
¿Cómo
ha sido tu relación con las drogas: gozosa, autodestructiva? ¿Cres que ayudan
a tu creatividad?
Yo
tengo muy claro eso de Jesucristo y de los curas de “Odia el pecado y
compadece al pecador”. Yo amo el alcohol y las drogas pero detesto a los
drogadictos y a los borrachos. Las drogas, unas sí y otras no, están ahí para
ser usadas. Lo que no pueden es crear la creatividad. Ahora bien, una copita, un
canutito y una rayita te ponen en un estado mucho mejor para escribir. Antes,
otra gente lo hacía con absenta o con opio. Los artistas, estoy de acuerdo en
lo que me decías antes de que los bienpensantes eligen a malditos porque así
ellos se sienten a salvo. Y no me parece mal. Pero lo que no seremos nunca es un
modelo de jogging o de salud o de sensatez, pero a cambio compensamos dándole a
la gente ese gramo de locura que falta hace. Jim Morrison, al que amamos los
dos, canta mejor después de morirse, y a Dylan, a Jagger, a Cohen, a Lou Reed,
se les reprocha que no se hayan muerto.
En
la película El último vals, Robbie Robertson confesaba que hay un momento en
el que vivir en la carretera te destroza y hay que abandonarlo. ¿Por qué unos
sobreviven y otros no, viviendo igualmente en el filo de la navaja? A ti te
reprochan con soterrada mala hostia que últimamente te falla la voz.
Te
puedo hablar de mi caso. Yo, que no soy un suicida ni un cobaya, uso las cosas
con cierto control, y también en función de las circunstancias. En cuanto a lo
de que mi voz anda muy mal, resulta mezquino. Tal vez, la voz ya no sea potente,
pero creo que canto mucho mejor que antes. Lo que sucede es que los artistas
malditos, que están muy prestigiados se les exigen cruces y calvarios. Y yo no
les voy a dar ese gusto. A Antoñito Flores, el que le quería, era yo, y no los
que escriben ahora diciendo que me enseñó a hacer blues y que siempre andaba
muy pasado. Esos no escribieron nunca de él, ni le oyeron jamás. Antoñito iba
por los bares cantando y nadie le hacía ni puto caso. En este país, cantan
mejor los muertos que los vivos.
Decides
regresar a España después de esos siete años en Londres. ¿Vuelves con
frecuencia al país que te cambió la vida?. En la preciosa “Yo me bajo en
Atocha”... yo me quedo en Madrid, afirmas
que te has perdido en Maniatan, has sido un paria en París, México te
atormenta, Buenos Aires te mata, pero no hay ninguna referencia a las raíces de
Londres.
Curiosamente,
sólo he vuelto dos veces después y, efectivamente, no me sirve como referencia
en ninguna canción. Yo creo que fue por algo muy traumático para mí. Tardé
cinco años en regresar a la ciudad que tanto me marcó y me ocurrió algo
asombroso. Aunque uno sepa por el poeta que al lugar donde has sido feliz no
debes volver jamás, yo regresé. Y no es que no existiera la casa en la que
había vivido; es que tampoco existía la calle. Habían construido bloques, no
había calle, ni barrio. El tiempo había hecho sus peores destrozos. Con
respecto a mi vuelta a España, se debió a varias razones. Entre otras,
recuerdo con horror que a la vuelta de Edimburgo yo le dije a Leslie que quería
ver a mi gente, a mis compatriotas. Tuvimos una gran bronca, ella no me quería
dejar salir de sus casa y yo me largué como alma que lleva el diablo. La
última imagen que tengo de ellas es su cara sangrando. Todavía no se como
ocurrió, ya que soy alguien que detesta profundamente la violencia.
¿Estás
seguro? En tus canciones, junto a ternura, cinismo y sentimientos
contradictorios, yo percibo a veces violencia soterrada o transparente. Sé que
eres generoso y hospitalario en tu vida cotidiana, pero no te calificaría de
pacífico ni de pacifista.
En
mis canciones, si hay violencia. Pero tú, que me conoces mejor que los demás,
sabes que soy del cuerpo diplomático. He estado condenado una vez por tirarle a
la cara un vaso de whisky a una chica, pero desde niño, excepto algunas hostias
que me daban mi padre y mi hermano, no tengo memoria de haberme peleado con
nadie a puñetazos. Sin embargo, me asombra que alguna vez no me hayan matado,
ya que he estado en situaciones jodidas, de auténtico peligro.
Te
veo marcado por una constante llamada soledad, aunque sea compartida, y percibo
que siempre te ha dado pavor el compromiso sentimental y la fidelidad amorosa.
Siempre
huí de la soledad. Pero en este momento, gente como Tony Oliver o como tú
tenéis las llaves de mi casa. Hasta hace dos años, la soledad llamaba a mi
casa y unas veces le abría, si tenía ganas de estar con ella, y otras no.
Ahora viene, y es una estupenda compañía. Parece una cursilada, pero tú sabes
que no lo es. Yo creo que no hay dos seres humanos que llamen amor a la misma
cosa, y lo digo con absoluto rigor. Para mí, el amor es un maquillaje, un
estupendo maquillaje del sexo. Los animales, todos tienen sexo, pero no tienen
amor, lo cual es una conquista maravillosa de la civilización. En mi cso,
diría que la amistad es amor en grado sumo. Absolutamente. Para mí, el amor
sería sexo más amistad. Es mentira eso de sexo con amor; es verdad lo del sexo
con amistad, pero se consigue en momentos muy fugaces, desoladamente fugaces,
pero que son los únicos que tiran de la vida.
Te
gustan mogollón de tías. Supongo
que eres consciente de que muchas van por el personaje y no por un tal Joaquín.
Creo
que hay un malentendido. Mejor dicho, dos. Como tú, a mí, gente muy querida me
dice: “¿Pero no ves que estas tías van a tirarse a Sabina?”. Naturalmente
que me doy cuenta. Pero es que, además, me siento muy orgulloso de ello. Para
eso entre otras cosas, he escrito 300 canciones. Se puede ser como Miguel Bosé
o un millonario, es decir, alguien que hereda belleza o dinero. Eso no tiene
ningún mérito personal. Pero cuando me enrollo con las chicas a través de mis
canciones, digo: ¡Olé mis huevos!. Hay algo que me inquieta, y es la primera
vez que lo digo en público, ya que me da mucho pudor. Te confieso que antes de
ser famoso conseguí mujeres siempre, incluida la hija del notario de mi pueblo
cuando éramos chavales, que era la más rica y la más guapa. Cuando el padre
se enteró, se largó con toda la familia a Granollers, pero a los tres días
mira por la ventana de su casa y me ve a mí, instalado en una tienda de
campaña a su lado. En cuanto al tema del amor, siempre he querido escapar,
desde que tengo memoria. La única cosa que no ha cambiado a lo largo de los
años es intentar ser libre. Yo quería no tener familia ni municipio, ni
contigo ni sin ti.
Hay
una frase que decía Stendhal: “Lo malo no es el amor, sino su incertidumbre”.
Esa
definición que me acabas de dar la utilizaré para alguna canción, porque, en
realidad, siempre me he burlado del sexo con amor. Te repito: quiero sexo con
amistad. Es decir, es inconcebible que el respeto que nos tenemos mis amigos
y yo nos los tengan las chicas con las que nos vamos a la cama, pero eso
sería lo más hermoso.
Se
te considera un retratista urbano, que pinta y describe el ritmo y el pulso de
la calle y a la gente cotidiana y pintoresca. Llevas dos años sin salir de tu
casa. ¿No es una contradicción que describas un mundo que no pisas?
Olvida
la deontología profesional y reconoce conmigo que lo de no salir de casa es
cierto que nadie se lo cree, pero te consta porque lo has vivido. Pero también
sabes que esta casa es la calle, un bar que no cierra nunca y con copas bastante
buenas, donde se da buena conversación, se habla de todo, vienen mujeres,
etcétera. No es una contradicción.
¿Piensas
que has sido un oportunista, que te has aprovechado de las circunstancias?
Creo
que, radicalmente, no. Desconozco la envidia y la competencia, aunque mi
colección de pecados es inmensa y me arrepiento de muchos de ellos. En el
fondo, me da un poco de pena no serlo, porque veo que mucha gente de muchas
pasiones, pero yo no puedo. Detesto también la pasión del poder, que es
abstracta. Para mí, sólo supone una pérdida de tiempo. Sólo me interesan las
pasiones que se pueden tocar y beber. Como decía alguien muy mayor, sólo
invertiría en cosas que se pudieran perder. Mi mayor desprecio por los
políticos es que se atan apasionadamente a ese poder, pero ¿qué es el poder
para ellos: que te saluden los guardias cuando pasas?. Me parece bobo que esto
produzca placer.
¿No
le ocurre lo mismo a la estrella Joaquín Sabina cuando sale a la calle y la
gente le mira admirativamente?
Sabes
muy bien que es una de las razones por las que no salgo últimamente a la calle.
A mí me encanta salir al escenario, a esa potentísima droga y ese cánon y mi
cánon de vanidad o de reprocidad me queda absolutamente cubierto cuando me
aplauden o entusiasmo o conmuevo al público. Pero en la calle que quito ese
traje y me irrita que alguien venga a molestarme en plan chungo y luego me
conteste que son gajes de mi oficio. Yo respondo: “Mire, me toca los cojones
lo que usted considere gajes del oficio. Lo mío es escribir canciones y actuar.
Si usted cree que la fama es un oficio, cójala para usted y no me toque más la
polla”.
Todos
sabemos que ganas mucho dinero. ¿Cómo lleva eso el antiguo trotamundos?
Si,
pero no toco la pasta. Soy un puritano. Sabes que tengo un desprecio tan
judeocristiano del dinero que lo que hago es no tocarlo. Yo tengo,
afortunadamente, una señora ejemplar, que es la madre de mis hijas y con la que
no vivo desde hace nueve años, que es la completa administradora del dinero.
Poseo una tarjeta, pero no talonario de cheques. Nunca me falta de nada, pero no
tengo ni idea de si tengo acciones en la bolsa o cualquier otro tipo de
inversión. El dinero es enfermizo y corrompe, aunque hablo desde una situación
privilegiada. Puedo hacer viajes, llevar a mis amigos donde sea o darles lo que
necesiten, comprar whisky y demás cosas que me apetezcan. Sólo me crea un
problema: quisiera gastármelo todo a la ruleta o antes de morirme; no quisiera
que mis hijas fueran hijas de ricos.
¿Tienes
sentimiento de paternidad? ¿Crees que son ls raíces más fuertes que se
poseen?
Yo
no tomé la decisión de tener a mis hijas, sólo la acaté. No me siento ligado
convencionalmente a mis hijas, pero si yo o pudiera pagar su colegio;
alimentarlas o portarme civilizadamente o con cariño con su madre delante de
ellas, que es una mujer maravillosa; atender las necesidades que tengan, yo me
hubiera tirado ya hace tiempo no ya de este piso, sino desde lo más alto de un
rascacielos. Y por cierto, lo único material que hay en esta casa es una visa y
unos cuantos miles de pesetas.
Eres
a la vez autodestructivo y vitalista, cínico y amargo, triste y alegre. ¿Has
pensado alguna vez en el suicidio? ¿Te ves con 80 años atendido en una
residencia de ancianos?
Naturalmente
que creo en el suicidio, pero en el plano de las teorías, e incluso me parece
un sublime ejemplo de libertad. Pero visceralmente, no soy un suicida; amo la
vida. Únicamente no descartaría hacerlo si veo que alguien tiene que
levantarme a cagar. Si puedo escribir o leer, no lo haría aunque estuviera en
una residencia. Además hay otro argumento y es que si tienes hijos o amigos muy
cercanos, o pareja, no tienes tampoco derecho a hacerlo porque les vas a cargar
con una culpa que no tienen que asumir. Así de claro.
¿Me
puedes dar tu opinión sobre una serie de gente? Javier Krahe, tu antiguo
colega, que aparentemente no es un triunfador, que no vende millones de discos
como tú.
Si
empleo la palabra “sabio” se la paliaría a Krahe. Es el padrino de mi hija
mayor, en el antiguo sentido de la palabra. O sea, si yo falto, que tenga a
alguien que le enseñe la nobleza y la dignidad. Él canta en los bares, y si
algo no le falta en la vida es el éxito, aunque en ese bar sólo haya un
centenar de personas que le respetan, le admiran y le aman. Además, ese
público minoritario le permite vivir a él y a su familia. Digo lo que quiero
decir. Que yo venda millones de discos y él 5000, eso habla mal de este pais.
Serrat,
Aute, Albert Pla, Silvio Rodríguez, Fito Páez, Pablo Milanés, Tony Oliver.
Serrat no sólo
es el maestro; me protegió cuando yo no era nadie, y eso es impagable. Nunca me
ha dicho que le guste alguna canción mía, pero me hace paellas. Aute es un
gran amigo, al que ahora veo poco porque él decidió hace tiempo, antes que yo,
quedarse en su casa. Silvio Rodríguez es muy irregular, pero la primera vez que
le escuchas ya no se te olvida nunca. Hermético, oculto, tierno, creador de
algunas canciones con chispa que me vuelven loco. Admiro mucho el genio, el
talento y la originalidad de Albert Pla; adoré su primer disco, pero ya lleva
cuatro y continúa con el “caca, culo, pis”, que al principio me divertían
pero que ahora me parece es proseguir con una estética un poco adolescente, y
no entiendo demasiado tampoco su coquetería de adoptar el feísmo como opción.
Milanés es un milagro, el mayor talento melódico y la más hermosa voz en
español; si se empleara a fondo sería asombroso. Fito Páez es uno de los
tipos más dotados que he conocido, pero de lo que no estoy seguro es de que sea
para la canción, es muy barroco, de un modo demoledor. No soy el presidente de
su club de fans; le quiero mucho como amigo, pero debería tranquilizarse un
poco musicalmente. Tony Oliver, colaborador en mi último disco, es un lujo;
significa interlocución, libertad, respeto, un gentleman. Y María Ignacia, mi
secretaria, es una persona fundamental para mí.
¿Sabes
que mucha gente te detesta, te considera un vendido, un impostor con posturas y
letras pseudoagresivas que buscan la comercialidad, prefabricado y ripoioso?
¿Conoces la expresión “éste quiere ir de Sabina”?.
Pues lo van a
pasar muy mal, no estoy por encima de nada, pero no puedo perder el tiempo
pensando en eso. Sabemos en que planeta estamos; ayer me dijeron que voy a
vender 600.000 ejemplares en España del último disco y más de dos millones en
total, incluyendo Latinoamérica. Que coño, ¿realmente soy yo quien se puede
quejar? ¿Eso es debido a la mercadotecnia?. Que no me jodan con etiquetas
fáciles. Todas las mañanas doy gracias de rodillas a los dioses, aunque no
existan. Por cierto, los que me critican no son peores que yo. Yo he machacado a
gente a la que conozco y luego me han parecido absolutamente encantadores y
legales.
¿Cómo
ves el momento político? ¿Comerías con Aznar?
No lo sé. Pero
sí que estuve con Ruiz Gallardón el día de la Constitución, pero también te
puedo decir que le he dicho a Menem dos veces que no iba a comer con él. Lo que
sí se es que no le daría la mano a Felipe González. Me he sentido engañado
con lo de Nueva Izquierda, siendo uno de los impulsores. Sí saludo a Carrillo
con afecto, y desde luego, estoy convencido de que no es el asesino de
Paracuellos.
Por cierto,
sospecho que te encantan las pijas.
Y las rubias, y
las morenas, y las putas, creo que cobran muy poco y la mayoría son
mediopensionistas. No tengo prejuicios, me gustan las mujeres.
Truman Capote
afirmaba que lo único auténtico que le había causado dolor era la traición y
el abandono. ¿Y a ti?
Yo creo que soy
demasiado soberbio para la traición, ya que tiene que haber dos para que suceda
eso. El abandono si me afecta, y últimamente más. Soporto que una mujer me
deje de amar porque eso figura en el guión, pero sigo creyendo que los hombres
no dejan de amar nunca. Las mujeres son más nobles, pero también más
implacables. Mi utopía es querer vivir en un barquito con todas las novias de
mi vida, sus maridos, sus hijos y mis amigos. Y que nunca se me quede el papel
en blanco, que siempre me ocurra algo. Con respecto al mundo, creo que algo
tiene que estallar, que los pobres del mundo, que son infinitos, tendrán que
hacer algo contra los centros de poder; la situación es desesperada. Pero no
será otra revolución marxista.
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