En aquel tiempo había en mi vida un llano
y un tren que fatigado lo surcaba
y una casa en el llano, y unos ojos
detrás de una ventana.
Cuántas veces has sido en mi memoria
signo que del olvido rescataba
ese pueblo perdido en el trayecto
de Úbeda a Granada.
Tú eras la hija del jefe de estación,
y yo era el forastero que pasaba,
que desde el tren mugriento te decía
adios con la mirada.
Tu pueblo más que pueblo era una aldea,
un puñado de casas encaladas
donde vivían apenas tres familias
con un televisor y algunas cabras.
Nadie bajaba nunca en ese pueblo,
cada día se fugaba un esperanza,
la vida para ti era ese largo
tren que nunca alcanzabas.
Con la ilusión poblada de paisajes,
un ondulante adiós en la mirada,
en cada mano una paloma triste,
salías a la ventana.
Allí donde la vista ya no llega
habría una ciudad que te aguardaba,
tendría que ser el mundo más hermoso
detrás de las montañas.
Pero los días pasaban y los años
y pasaban los trenes, y quedabas
en la aldea silenciosa, como un pájaro
con las alas mojadas.
Pasaron otros trenes por mi vida
cuyas vías no cruzaban por tu casa,
y no vi más tu rostro y tu pañuelo,
tus manos y tu falda.
Pero aún te recuerdo con cariño
muchacha que, asomada a la ventana,
mirabas triste al forastero
que nunca se apeaba.
Y me duelen tus pechos presentidos,
tu cintura que nadie rodeaba,
tu habitación ¡tan fría por las noches!
sin mi cuerpo en tu cama.
Por eso es para ti hoy mi canción,
recuerdo del muchacho que pasaba
en aquel tren que hacía el recorrido
de Úbeda a Granada.